sábado, 17 de diciembre de 2011

Algo vivido en San Antonio de Arredondo


En las míticas serranías cordobesas, el aire se renueva y, con ello, la mente y el propio espíritu humano.  Hace unos días, caminando por San Antonio de Arredondo, rodeado de artistas, músicos y bohemios, pude ver algo distinto. Pude dejar de lado la razón y ver con los ojos ciertos.
Los niños libres, disfrutando de su niñez. Los adultos libres, contentando su adultez. Los sinsabores cotidianos, transformados en la simpleza que propone la comunidad. La vida junto al otro. Solos y acompañados, por el otro y nuestra propia soledad.
Al pedir fuego, los redondos ojos negros de ese crio, me iluminaron. Me dejaron repleto de su bella inocencia. Su candor de plenitud. Su cortesía infinitamente sencilla. Una sonrisa de dientes, de esas que se aprecian con el corazón.

Los artistas son como los niños, cuando se les presta realmente atención, dejan entrever la fuerza más pura de la vida. Sea música, pintura, escultura o la palabra, su arte, nada cambia. El niño es niño por sus ojos. El artista es arte, desde la fuerza de su mirada.
Los artistas son infantes, eternos. Necesitados del otro, para sobrevivir ese calvario interno que los llenan de emociones y sentidos. Son infantes que al ser observados, se ponen como locos.